MEMORIA, IDENTIDAD Y JUSTICIA: LA CONSTRUCCIÓN COLECTIVA EN LA AGRUPACIÓN H.I.J.O.S. SALTA

 

 

MEMORY, IDENTITY, AND JUSTICE: COLLECTIVE CONSTRUCTION IN H.I.J.O.S. SALTA

 

Canela Álvarez Leonard

Profesora y Licenciada en Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Tucumán.

Docente de nivel medio y pre-universitario de la Universidad Nacional de Salta, Argentina.

Agrupación H.I.J.O.S. Salta

alvarez.andesrevistaha@gmail.com, cc@iem.unsa.edu.ar

https://orcid.org/0009-0005-0605-643X

 

Elia Fernández

Comunicadora, Trabajadora de la Subsecretaría de Derechos Humanos

de la provincia de Salta, Argentina.

Agrupación H.I.J.O.S. Salta

eliafernandezalo@gmail.com

https://orcid.org/0009-0007-9725-1779

 

Mariana Gamboa Fernández

Licenciada en Trabajo Social, docente universitaria, Facultad de Ciencias

 Sociales en la Universidad Nacional de Córdoba

Agrupación H.I.J.O.S. Salta

mgamboa@unc.edu.ar

https://orcid.org/0000-0001-7852-4574

 

ARK: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s16688090/x2ubyxk6q

 

 

FECHA DE INGRESO: 05/04/2026

FECHA DE ACEPTACIÓN: 04/05/2026

 

Resumen

 

El presente artículo analiza el proceso de reconstrucción de la memoria colectiva de una organización de DDHH en Salta, Argentina. A partir de relatos de vida y la experiencia desde el activismo en la agrupación H.I.J.O.S., se examina cómo el tránsito del dolor individual al espacio público permite la conformación de una identidad compartida. Utilizando los aportes de Maurice Halbwachs sobre los marcos sociales de la memoria, se indaga en la transición de los "recuerdos de infancia" —percibidos inicialmente como fragmentos aislados en el seno familiar— hacia una conciencia colectiva que demanda justicia. El trabajo aborda hitos locales como los homenajes en la Universidad Nacional de Salta (2002), en Palomitas y en el Gallinato, la práctica de los escraches como modalidades de resistencia frente a la impunidad de los años noventa y el camino de los juicios de lesa humanidad.

 

Palabras clave: Memoria colectiva, H.I.J.O.S., Salta, terrorismo de Estado, identidad.

 

 

Abstract

 

This article analyzes the process of reconstructing the collective memory of a human rights organization in Salta, Argentina. Drawing on life narratives and experiences of activism within H.I.J.O.S., it examines how the transition from individual suffering to the public sphere enables the formation of a shared identity. Using Maurice Halbwachs’s contributions on the social frameworks of memory, the study explores the transformation of “childhood memories”—initially perceived as isolated fragments within the family setting—into a collective consciousness that demands justice. The article addresses local milestones such as the commemorative events held at the National University of Salta (2002), at Palomitas, and at El Gallinato; the practice of escraches as forms of resistance to the impunity of the 1990s; and the subsequent path toward trials for crimes against humanity.

 

Keywords: collective memory, H.I.J.O.S., Salta, State terrorism, identity

 

 

Introducción

 

“De tanto fuego permanece el fuego

Ni con dientes ni con balas muere el fuego

Ni con mares se apaga su fulgor que atraviesa la historia

Llama que va de mano en mano de pueblo en pueblo...”

Teresa Leonardi Herrán (2012)

 

 

El proceso de reconstrucción de la memoria en la Argentina post-dictadura ha sido un fenómeno complejo de abordar, pues trasciende lo individual para anclarse en lo social. La interrupción de la cotidianeidad y la instalación de una nueva normalidad por el terrorismo de Estado no solo significó la desaparición física de una generación, sino también una fractura en la transmisión de los relatos biográficos de sus descendientes. En este contexto, la agrupación H.I.J.O.S. (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) emerge como un marco social fundamental donde el dolor privado se transforma en una identidad política y colectiva. Para comprender este tránsito, recurriremos a los planteamientos de Maurice Halbwachs, quien sostiene que la memoria individual no es suficiente para sostener la rememoración, ya que esta se encuentra fuertemente arraigada en contextos sociales (Halbwachs, 2004, p. 11).

Durante los años de infancia y adolescencia, los hijos de las víctimas del genocidio —término que, aunque resistido por la justicia técnica, define la experiencia de ruptura de esta generación— a menudo conservaron sus recuerdos como un ritual secreto guardado en los límites de la vivienda familiar (Testimonio n°1, 2026). Sin embargo, este recuerdo "atesorado" corre el riesgo de volverse un "dato abstracto" si no recupera testigos que lo validen (Halbwachs, 2004, p. 27). Como señala Halbwachs, la confianza en la exactitud de un recuerdo aumenta cuando este puede basarse en los testimonios de los demás (Halbwachs, 2004, p. 25). En el caso de los familiares de desaparecidos en Salta, la búsqueda de la verdad se vio inicialmente limitada por el aislamiento de los grupos familiares, hasta que el encuentro con pares permitió que la "semilla de la rememoración" arraigara en una masa consistente de recuerdos compartidos (Halbwachs, 2004, p. 27).

El presente trabajo analiza hitos específicos de esta construcción colectiva en la provincia de Salta, Argentina, como los homenajes realizados en la Universidad Nacional de Salta (UNSa) en mayo de 2002; los del 11 de marzo en el monolito a Ragone, los del 6 de julio en Palomitas y los del 24 de septiembre en El Gallinato. También se destaca la labor de referentes locales como Lucrecia Barquet (Testimonio n°2 y n°3, 2026). Estos espacios de encuentro funcionaron como "medios efervescentes" que, en términos de la sociología de la memoria, permitieron la apertura recíproca de las conciencias y la participación en una totalidad viva (Halbwachs, 2004, p. 7). El artículo indaga en cómo esta comunidad afectiva no solo permitió "sanar" el pasado, sino que generó nuevas modalidades de reclamo, como los escraches, desafiando la impunidad de la década de los noventa.

A cincuenta años del golpe cívico-militar y eclesiástico, y a tres décadas de la creación de la organización H.I.J.O.S., resulta necesario sistematizar nuestras experiencias para demostrar que el recuerdo no es solo una mirada hacia atrás, sino una perspectiva que racionaliza la mente y permite situar la experiencia personal en la historia de los grupos con los que nos hemos mezclado (Halbwachs, 2004, p. 11, 13). A través del análisis de nuestros relatos, se busca visibilizar una "Salta otra", donde la reconstrucción de la memoria colectiva ha traído la verdad necesaria para confirmar la propia condición de sobrevivientes de la barbarie.

En el presente ensayo, nos proponemos trabajar en la recuperación de los sentidos históricos de nuestra organización de Derechos Humanos. Buscamos reflexionar sobre el genocidio como una acción criminal y política planificada con vigencia preocupante a nivel global, ejecutada por actores encarnados en sus representantes económicos, militares y culturales-comunicacionales. Para ello, compartiremos una serie de tres testimonios de quienes pensamos estas reflexiones y desarrollamos algunas pistas para pensar el presente.

 

 

Testimonios

 

Testimonio n°1: Elia

 

Mi nombre es Elia, soy hija de María del Carmen Alonso. Crecí sabiendo que mis viejos fueron víctimas de la intolerancia estatal; que sus recorridos fueron de militancia y lucha por la igualdad. Pero no fue hasta conocer a otros hijxs que compartían pasados parecidos a los míos que empecé a sanar. Al principio dudé que valiera la pena conocer a otras personas a quienes les hubiesen arrebatado a sus padres; no lograba dimensionar que compartimos, en algunos casos sin conocernos y sin recordarnos en otros, un pasado y una memoria que nos unía más allá de las historias individuales. En mis fantasías de niña y adolescente albergaba el deseo ferviente de buscar justicia y, más fuerte aún, el de conocer la verdad de lo que había acontecido en esos años. Me pregunté mil veces: ¿por qué eso me había pasado a mí?

Hasta ese momento mi dolor solo era compartido por mi grupo familiar, los recuerdos atesorados como un ritual cuyo secreto estaba muy bien guardado y el que no podía salir de los límites de la vivienda que compartía con mi hermano y mis abuelos. Pero, en un proceso inevitable, comencé a relacionarme con quienes mis viejos habían compartido sus vidas adultas: compañeros de trabajo, de estudios, de militancia, cárcel y que habían sobrevivido al genocidio. Porque, aunque la justicia argentina no logró tipificar los crímenes de lesa humanidad cometidos en la década de los 70 y principio de los ochenta como genocidio, para nosotros, los H.I.J.O.S. de esa generación desaparecida, significó un corte, una ruptura de nuestra cotidianidad que abrió el interrogante de cómo hubiesen sido nuestras vidas si no hubiese sucedido “eso” que tardó un tiempo en poder ser nombrado “terrorismo de estado”. Y así, tímidamente y con el aliento de quienes sobrevivieron el horror, fuimos transitando un camino de hermandad y esperanza. Esperanza que se tradujo en la posibilidad de justicia para nuestros viejos, reconstrucción y construcción de la memoria colectiva que nos trajo la verdad que tanto ansiábamos y, sobre todo, la confirmación de que nosotros mismos éramos sobrevivientes de la barbarie.

Comenzamos a descubrir en nuestros iguales que lo “imposible solo tarda un poco más[1]”. El sentimiento de un pasado compartido, resignificar nuestros recuerdos y aceptarlos como una conciencia colectiva nos permitió retomar nuestras vidas, a la vez que pudimos enfrentar nuestros miedos más profundos y a quienes nos arrebataron a nuestros viejos. Como las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo reclamaban la aparición con vida de sus hijos, hijas y nietes, nosotros, los hijos e hijas, inauguramos una nueva modalidad de reclamo. Queríamos justicia; que tuvieran un proceso judicial quienes eran sospechados de desaparecer y asesinar a nuestros padres y a nuestros hermanos. Durante los años 90 se nos negó esa posibilidad por los indultos y las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Fue así como surgieron los escraches.

En Salta, fuimos al barrio donde vivían quienes habían liderado la represión para advertir a los vecinos que convivían con criminales de lesa humanidad, responsables de torturar, desaparecer y asesinar a cientos de salteños. Joaquín Guil, Trobato y el exjuez Ricardo Lona —todos denunciados ante la justicia, llevados a juicio y encontrados penalmente responsables del delito de homicidio y como partícipes necesarios de delitos de lesa humanidad— fueron algunos de los elegidos para ser confrontados. Lo mismo hicieron en otras provincias otros integrantes de la agrupación con represores que habían actuado en el Norte Argentino y residían en otros puntos del país. Fuimos capaces de generar una comunidad más allá de las distancias geográficas porque nos unía un sentido de pertenencia y una misma identidad.

A partir de la crisis política de 2001, con la derogación de las leyes de impunidad y la llegada de los juicios orales y públicos, nos involucramos de lleno en el proceso: en algunos casos compartiendo querellas y en otros investigando y recopilando pruebas para nuestros abogados. Junto a una comunidad que nos acompañó, instalamos fechas conmemorativas: el 11 de marzo (secuestro y desaparición forzada del exgobernador Dr. Miguel Ragone), el 6 de julio (Masacre de Palomitas) y el 24 y 25 de septiembre (Masacre de El Gallinato), entre otras. Señalizamos esos lugares y colocamos placas y baldosas recordatorias en los sitios que habitaron las víctimas: lugares de secuestro, viviendas familiares, espacios de trabajo, estudios y plazas de sus barrios.

Encontramos la forma de socializar nuestra lucha por la verdad y la justicia, involucrándonos en reclamos sociales y en el diseño de políticas públicas de derechos humanos, como en casos de violencia institucional. A cincuenta años del golpe cívico-militar y eclesiástico que modificó la realidad de los argentinos, y a 30 años de la creación de la agrupación H.I.J.O.S., podemos decir que sin la construcción de una comunidad de sentido hubiera sido muy difícil revertir la impunidad. Ponerle nombre a los perpetradores, encontrar a hermanos que perdieron su identidad al ser apropiados, hallar cuerpos de desaparecidos e identificar sitios que funcionaron como centros clandestinos de encierro son nuestros logros colectivos.

Sabemos que no logramos justicia en todos los casos, pero transitamos experiencias que nos enseñaron el poder de los grupos con pertenencia y objetivos claros. Esto nos restituye la alegría y las ganas de continuar juntos, planteando siempre nuevos desafíos.

 

 

Testimonio n°2 Soy Gamboa y Fernández. Trayectorias de Memoria: De la militancia colectiva a la reconstrucción de la identidad (de Córdoba a Salta).

 

Mi nombre es Mariana y mi compromiso se originó en el contexto fundacional de la agrupación H.I.J.O.S. en la ciudad de Córdoba, en 1995. Mi vinculación inicial ocurrió tras el fallido recital de Joan Manuel Serrat en el Estadio Junior, un evento que funcionó como un espacio de convergencia para jóvenes que buscábamos respuestas sobre su identidad. Me especialicé en la Comisión de Prensa, donde comencé a desarrollar herramientas para la disputa de sentido y la recuperación del espacio público de la palabra. Durante esta etapa formativa, participé activamente en acciones territoriales de alto valor simbólico, tales como las vigilias del 24 de marzo, la Caminata a "La Perla" e intercambios federales.

Mi formación política y afectiva estuvo profundamente ligada a la figura de Nena Madozzo, mi "madre del corazón", quien fue un puente vital hacia la memoria del Norte Argentino. En mayo de 2002, a los 24 años, fui convocada para acompañar los testimonios del Juicio del Habeas Data y posteriormente participé de un hito institucional de la Universidad Nacional de Salta (UNSa): la inauguración del mural homenaje a los detenidos-desaparecidos. Este encuentro con la comunidad docente y los antiguos compañeros de militancia de mis padres me permitió descubrir una "Salta subalterna" y resistente, facilitando mi integración a H.I.J.O.S. Salta. Hoy soy una de las activistas que trabaja en la recuperación de las biografías de mis padres en tanto trabajadores y militantes. Gemma Fernández y Guilo Gamboa siempre estarán presentes; como dice en uno de nuestros pañuelos: “Nacimos en sus luchas y viven en las nuestras”.

Vincular mi identidad con la de esta tierra fue encontrar, en cada espacio de lucha, una parte de las razones por las que mis padres no estaban físicamente conmigo. Comprendí que, en esas búsquedas reivindicativas, ellos seguían presentes: desarrollando la educación popular, ampliando el acceso a la educación para adultos y poblaciones rurales, desarmando las prácticas patriarcales que naturalizaban nuestra dominación y silencios, generando conciencia en las luchas ambientales y buscando una distribución justa de las riquezas sociales y naturales.

 

 

Testimonio n°3: Cane

 

Mi nombre es Canela Álvarez. Me incorporé a H.I.J.O.S. Salta alrededor del año 2018. Crecí en una casa donde la política y la búsqueda de justicia por mis familiares víctimas de la Masacre de Palomitas formaban parte de la vida cotidiana. Sin embargo, tenía la sensación de que ese afuera, la sociedad en general no compartía esas mismas luchas y reclamos.

 De chica acompañaba a mi madre a las reuniones de familiares en la casa de Lucrecia Barquet. Recuerdo una escena de adolescente: para un homenaje de la Masacre de Palomitas, mi primo hermano y otras personas se reunieron en mi casa para hacer las siluetas de los y las compañeras en cartón. Yo me acostaba en el piso para que usaran mi cuerpo como modelo. Entiendo ese momento como parte de esas actividades de H.I.J.O.S.; las marcas en nosotras de las figuras de las y los que ya no estaban en nuestras vidas cotidiana.

En la intimidad familiar se hablaba de mis tíos y de la militancia, pero al mismo tiempo habitaba el temor a que las historias volvieran a repetirse. Cuando me acerco a la agrupación, aparece con fuerza la idea de que esto no solo le pasó a mi familia. Comprendo que en otros también se configuraron vínculos afectivos atravesados por estas historias. Así, comencé a sentirme parte de una trama colectiva.

 

 

De los marcos familiares a la comunidad afectiva: el espacio como anclaje de la memoria

 

Como plantea Kuri Pineda (2017), toda memoria es una construcción social erigida en la vida cotidiana y en diversos ámbitos de interacción subjetiva. En las etapas tempranas de los hijos e hijas de desaparecidos, la memoria suele manifestarse como un "ritual secreto" confinado al ámbito doméstico (Testimonio n°1, 2026). Esta etapa coincide con lo que la sociología denomina la dimensión sensorial de la memoria, donde el cuerpo mismo se convierte en un territorio de inscripción de la experiencia y el dolor (Kuri Pineda, 2017). En concordancia con la autora podemos afirmar que, sin embargo, la memoria precisa del espacio para otorgar una ilusión de permanencia y continuidad frente al cambio inevitable. El ingreso a una organización colectiva, en este caso a la agrupación H.I.J.O.S. SALTA, representó el paso de esa memoria íntima a la conformación de una memoria intersubjetiva. Este proceso de "sanación" a través del encuentro con el otro encuentra su explicación en el concepto de seguridad ontológica: la confianza en que el mundo social es lo que parece ser, validada por la experiencia del par.

En la provincia de Salta, esta disputa por el espacio de memoria se materializó en hitos como el mural de la UNSa en 2002 y las señalizaciones de sitios de reclusión y exterminio. Siguiendo esta propuesta teórica diríamos que, estos lugares de memoria son unidades significativas donde se refugia la voluntad de marcar acontecimientos dignos de rememorar (Kuri Pineda, 2017, p. 11).

 

 

El espacio público como arena de disputa: los escraches y el lenguaje espacial en Salta

 

Para la agrupación H.I.J.O.S. Salta, la década de los noventa estuvo signada por un escenario de impunidad jurídica. Ante la clausura de las instituciones legales, la organización inauguró una nueva modalidad de reclamo: los escraches. Realizados contra figuras como Joaquín Guil, Trobato y el ex juez Ricardo Lona, representaron lo que Charles Tilly define como un repertorio de confrontación: métodos de lucha orquestados por sujetos colectivos que cuentan con una clara connotación espacial y política (Kuri Pineda, 2017, p. 18).

Resulta imperativo analizar lo que significó la derrota de aquel modelo revolucionario sostenido por la generación de nuestras viejas y viejos. El proceso de desarticulación social se profundizó con los indultos y la cancelación de los juzgamientos a los responsables del exterminio de más de 30.000 personas. Asimismo, abordamos la magnitud del exilio: se estima que entre 250.000 y 500.000 argentinos debieron abandonar el país por razones políticas y económicas durante la última dictadura (1976-1983). El flujo principal de exiliados se concentró entre 1974 y 1983, alcanzando picos de hasta 80.000 personas con destinos como España, México, Cuba y Brasil. No obstante, consideramos que el insilio y los destinos regionales como Paraguay y Bolivia permanecen aún como una deuda pendiente en la reconstrucción de nuestra memoria histórica.

Los procesos de reagrupamiento y testimonio han demostrado que las resistencias generan nuevos paisajes en la ciudad de Salta. Un ejemplo de esto fue la reconfiguración simbólica que supuso la demolición del monumento a la Batalla de Manchala[2]. En el marco del "laboratorio" que fue el Operativo Independencia previo al golpe militar, ese monumento se erigió como un símbolo del Plan Cóndor, montado sobre los restos de militantes desaparecidos que aún esperan ser restituidos a sus familiares. La caída de este símbolo no fue solo un acto administrativo, sino parte de las fuertes batallas por el sentido que se libran en el espacio público de nuestra ciudad. Y que se renuevan en acción y manifestación que sostenemos como agendas en donde ponemos el cuerpo y la convocatoria.

 

 

De la resistencia callejera a la reparación

 

La respuesta ante la impunidad de los años 1990 no fue solo el grito, sino la creación de una comunidad de pertenencia que trascendió las distancias geográficas. Este activismo derivó en una cartografía de la memoria en Salta, señalizando el 11 de marzo (Miguel Ragone), el 6 de julio (Masacre de Palomitas) y el 24 de septiembre (El Gallinato). Al colocar placas en viviendas y plazas, la organización logró la inscripción material del pasado en el presente. Estos lugares dejaron de ser espacios anónimos para convertirse en anclajes que irrumpen en el espacio público y ahora pone a las ciudades salteñas a recordar.

Por otro lado, las experiencias relatadas demuestran que la memoria no es un objeto estático que se posee, sino, como sostiene Elizabeth Jelin (2002), un "trabajo" activo y constante. Este "hacer" memoria ha permitido que nosotras generacionalmente dotamos de sentido al pasado que nunca es único ni cerrado; existen múltiples narrativas en constante conflicto y negociación dentro de una misma sociedad. Los hijos e hijas de la generación afectada por el terrorismo de estado transitamos desde un dolor encapsulado en el ámbito privado hacia una narrativa pública que dota de sentido al presente. Los relatos aquí analizados confirman que la memoria es un campo de batalla donde se disputan los sentidos del pasado frente a las políticas del olvido y negación.

La integración de los marcos teóricos con la potencia del testimonio personal permite concluir que la comunidad de hermandad y sororidad construida ha permitido consolidar una conciencia colectiva que hoy constituye un pilar inalienable de la historia contemporánea para el norte fundando un lado negado y resistido pero que siempre mantiene y aloja otras vidas posibles, otras historias por recuperar y, sobre todo, otras maneras de pensar que es posible construir un noroeste Argentino sin tantas injusticias sociales. Esa es parte de la lucha que seguimos construyendo.

 

La memoria y su territorialización

La memoria no ocurre en el vacío, sino que requiere de espacios físicos y simbólicos para anclarse, transformando así el paisaje urbano en un mapa de resistencia y lucha. La señalización de lugares —tales como ex centros de detención, viviendas y plazas de militancia— convierte espacios que antes eran anónimos o estaban marcados por el terror en sitios de memoria colectiva, donde la historia no solo se recuerda, sino que se hace presente y pública. Esta "territorialización" constituye una herramienta política fundamental que disputa sentidos frente a la impunidad y al olvido.

En el caso de la agrupación H.I.J.O.S. Salta, estas prácticas han permitido que la geografía de la ciudad deje de ser un escenario de silencio para transformarse en un testimonio vivo de las trayectorias de sus padres y de la lucha que continúa en el presente. Nuestra deuda pendiente es la materialización de un espacio dedicado a la memoria como un acto pedagógico para las generaciones venideras. Esta construcción se les adeuda a los pueblos víctimas del genocidio colonial, al proceso de genocidio de los pueblos originarios y a los pueblos afroargentinos, quienes mantienen resistencias múltiples y avanzan junto a las marcas de una ciudad que es necesario reivindicar, reparar y recuperar en el proceso de identidad del que somos parte.

 

 

Restitución frente al horror

 

            A medio siglo del golpe cívico-militar y eclesiástico, y a tres décadas de la irrupción de H.I.J.O.S., la perspectiva histórica permite comprender que lo vivido no fue una mera sucesión de crímenes, sino un genocidio como práctica social (Feierstein, 2007). Bajo esta lógica, el terrorismo de Estado buscó destruir los vínculos de autonomía y solidaridad para instaurar el miedo. Frente a esa desarticulación, la construcción de una "comunidad de sentido" por parte de las y los hijos funcionó como una metodología de reparación: a la atomización social, la organización opuso hermandad y esperanza. Nombrar a los perpetradores, señalizar los centros clandestinos y recuperar la identidad de los hermanos apropiados son actos que revierten la parálisis del terror. Si bien la justicia argentina ha encontrado límites para tipificar estos crímenes como genocidio en todas sus instancias, la práctica política y espacial de H.I.J.O.S. —tanto en Salta como en el resto del país— ha logrado objetivar la memoria (Kuri Pineda, 2017).

 Esta experiencia colectiva no solo restituyó la verdad histórica, sino que devolvió la capacidad de proyectar el futuro, demostrando que la pertenencia y los objetivos claros son, en última instancia, lo que restituye la alegría y el sentido de comunidad.

 

 

Referencias bibliográficas

 

Augé, M. (1998). Las formas del olvido. Gedisa.

Feierstein, D. (2007). El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la experiencia argentina. Fondo de Cultura Económica.

Halbwachs, M. (2004). Los marcos sociales de la memoria. Anthropos.

Halbwachs, M. (2011). La memoria colectiva. Anthropos.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI de España Editores.

Kuri Pineda, E. (2017). La construcción social de la memoria en el espacio: una aproximación sociológica. Península.

Leonardi Herran, T. (2012) Poesía Reunida  https://ibuk.com.ar/librospdf/leonardi_herran_poesia_reunida.pdf

 



[1] Nombre que remite al libro "Lo imposible solo tarda un poco más" es una obra colectiva publicada por la Red Nacional de H.I.J.O.S. en conmemoración de los 30 años de lucha. Editado por Malisia Editorial, este volumen de 190 páginas compila de forma federal y colectiva las vivencias, la historia y la militancia por los derechos humanos en Argentina desde los años noventa. Reúne textos y reflexiones de 30 autores y autoras ajenos a la organización, pero estrechamente vinculados a su trayectoria. Entre ellos se destacan referentes como Taty Almeida, León Gieco, un texto recuperado de Hebe de Bonafini, Daniel Feierstein, Pablo Llonto, Alexis Oliva y Victoria Montenegro

 

[2] https://www.laprensa.com.ar/Manchala-El-combate-de-los-simbolos-502531.note.aspx